La Paternidad divina

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Dios nos ama como un padre ama a sus hijos. Así lo recoge el Antiguo Testamento y especialmente nos lo dice Jesús en los Evangelios. Jesús nos enseñó a dirigirnos a Dios llamándolo Padre nuestro. Pero no podemos amar a Dios como padre si no amamos a todos los hijos de Dios que forman con nosotros una sola familia divina. Por el mismo hecho de ser hijos de Dios, todos somos hermanos. El amor fraterno nace del amor filial. Hay un solo amor, el amor a Dios y en Él el amor a todo lo que Él ama.

Es un tremendo error confundir el amor del cristiano con una simple actitud natural de benevolencia, de solidaridad o beneficencia entre los hombres, fundada solamente en la misma condición de seres humanos. Eso es mera filantropía, mero humanismo, pero no verdadera fraternidad, porque no se puede ser hermanos sin ser hijos de un mismo Padre. La verdadera fraternidad entre los hombres proviene del don de Dios que nos hace hijos suyos y no de la mera naturaleza humana. Por eso la verdadera fraternidad y la filiación divina consiste en una vida nueva que sobrepasa a la vida natural. Es la vida de la gracia, del don de Dios, la vida divina, la vida sobrenatural.

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