Aborto. Dios vengará la muerte del hombre

Si el aborto es un derecho, la humanidad está perdida.

Desde la concepción hasta la muerte natural. Todo lo que sea interrumpir ese proceso es acabar con una vida humana de forma violenta. Llevamos tres generaciones engañándonos al respecto, lo que ha provocado el mayor genocidio de la historia: el perpetrado contra el concebido y no nacido, el aborto en cualquiera de sus muchas formas.

Todo lo que sea interrumpir ese proceso es terminar con una vida humana de forma violenta

Y lo grave es que ya ni nos arrepentimos de ello, hasta incurrir en la blasfemia contra el Espíritu Santo: es decir, en defender el aborto como un derecho. O sea, en llamar bien al mal y mal al bien, muerte a la vida y vida a la muerte.

Esto es: el camino sin retorno y hasta este hemos llegado, como recuerda Javier Paredes, porque nos hemos vuelto cobardes.

Llevamos tres generaciones engañándonos con el aborto, hasta convertirlo en un derecho.

Menos mal que la minoría provida, también la Iglesia, ha mantenido ese principio: no toques a la persona, que persona es, desde la concepción hasta la muerte natural.

Es la blasfemia contra el Espíritu Santo, el signo de nuestro tiempo: llamar bien al mal y mal al bien.

No lo toques porque hasta en las mismas fieras vengará Dios la muerte del hombre. No podemos banalizar el sexo; mucho menos la muerte. Porque lo habitual no es lo normal.

Origen: Aborto. Dios vengará la muerte del hombre

Esto no lo verás hoy en las noticias de TV

Los medios de comunicación se hacen eco de 20 locas que enseñan las tetas frente a la Catedral de San Sebastián en protesta por unas declaraciones del Obispo Munilla y todas las cadenas de TV lo sacan en sus noticias.

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Lo mismo sucede cuando un grupo de feministas agresivas protestan o se encadenan en una protesta de cualquier índole. A las feministas radicales, a los movimientos LGTBI, a los agitadores que queman contenedores, rompen cristales de escaparates se les saca en TV como si fueran miles y a los que se les justifica y entiende porque sus reclamaciones no pueden ser desatendidas. La manipulación de los medios de comunicación es vomitiva. Menos mal que contamos con las redes sociales. Por eso te animo a que difundas esto. Porque esto no lo verá nadie en TV.

Más de dos millones de personas se manifiestan en Argentina en Buenos Aires y en más de 195 ciudades de toda la nación en favor de la vida y contra el aborto.

Marcha en contra de la ley de aborto 25/03/18
Foto Mario Quinteros

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Falta de humildad de quien se cree bueno

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Demasiados cristianos piensan que son buenos porque no matan y no roban. Es una idea muy pobre de lo que supone ser cristiano. Es como si uno dijera que es un buen hijo porque no ha matado ni robado a sus padres. El amor a los padres no se puede medir así. Amar a los padres supone mucho más que abstenerse de hacerles graves daños. Amar a los padres implica respetarlos, manifestarles cariño, estar pendientes de ellos, ser agradecidos, cuidarlos, ayudarlos en todo lo que necesiten, etc. Pues con Dios mucho más. Ser un buen hijo de Dios no consiste en no matar y no robar. Consiste en amarlo con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el ser. Y eso sólo será real si Él es lo primero que tengo en mi mente al levantarme cada día y a quien dedico mi último pensamiento cada noche. Amar a Dios así supone desear continuamente agradarle en todo, buscar momentos para estar a solas con Él contándole todas mis cosas, mis alegrías y preocupaciones, mis dificultades y mis esfuerzos, mi relación con los demás, especialmente con los más próximos.

 

Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

1. Pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;

2. Querer salirte siempre con la tuya;

3. Disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala manera;

4. Dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;

5. Despreciar el punto de vista de los demás;

6. No mirar todos tus dones y cualidades como prestados;

7. no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees;

8. Citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;

9. Hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;

10. Excusarte cuando se te reprende;

11. Encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;

12. Oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;

13. Dolerte de que otros sean más estimados que tú;

14. Negarte a desempeñar oficios inferiores;

15. Buscar o desear singularizarte;

16. Insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional…;

17. Avergonzarte porque careces de ciertos bienes…

Surco, 263

El pecado mortal y la tibieza

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El tibio confunde ser cristiano con realizar algunas prácticas religiosas y por eso cree que se es cristiano a ciertas horas o en ciertos momentos mientras que en el resto del tiempo no tiene nada que ver con el hecho de ser cristiano. No se da cuenta de que el cristianismo es una vida, la vida cristiana. Y que no se puede vivir a ratos. O se vive continuamente o uno muere. La vida no se interrumpe para retomarla después. Hay muchos cristianos que tienen nombre de vivos pero están muertos. Son bautizados, hijos de Dios, pero están muertos. La vida cristiana es la vida de la gracia, es la vida divina. Y la vida divina puede perderse por el pecado. Por eso la Iglesia nos enseña que hay pecados veniales y pecados mortales. El pecado mortal se llama así, mortal, porque causa la muerte. Por el pecado mortal perdemos la vida divina y nos convertimos en cristianos muertos; somos hijos de Dios porque recibimos la vida de la gracia, pero estamos muertos porque por el pecado mortal hemos perdido esa vida divina.

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

1861 El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios.

No confundir ser buena persona con ser cristiano

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Muchos cristianos piensan que aman suficientemente a Dios. Piensan que tienen mucha fe, que son muy creyentes y no se dan cuenta de que es precisamente porque piensan eso por lo que han caído en la tibieza, esa tibieza de la que dice el libro del Apocalipsis que causa asco a Dios hasta el punto de decir que a los tibios los vomitará de su boca. El tibio piensa que en cuestión de religión no hay que “pasarse”, que basta con cumplir algunas cosas y procurar hacer el bien. Y entiende hacer el bien como sencillamente ser buena persona. Habitualmente exagera diciendo que no va todos los días a Misa cuando en realidad va solo de vez en cuando algún domingo. El tibio no lee la Palabra de Dios, la Biblia. El tibio no acude al sacramento de la Confesión a pedir perdón por sus pecados ante el sacerdote. Normalmente dice que, o bien no tiene pecados o que se confiesa directamente con Dios. El tibio no reza el Santo Rosario a la Virgen, dice que eso es monótono y aburrido, que Él habla y tiene presente a Dios muchas veces. Pero eso es falso. Uno puede tener la sensación de que se acuerda muchas veces de Dios, pero si no va a Misa los domingos, si no hace un tiempo para estar a solas con Dios sin otra ocupación más que estar con Él, si no lee el Evangelio, si no se confiesa con un sacerdote y comulga con frecuencia, si no procura conocer mejor su fe, puede estar seguro de que se engaña cuando dice que lo tiene presente.

Ser humildes para ser santos

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Para algunos el hecho de querer ser santos sería señal de falta de humildad, de orgullo. ¿Cómo voy yo a ser santo? Pero esta actitud, que parece expresión de humildad, en realidad sí que esconde orgullo y falta de humildad. La razón es que quien hace esa afirmación piensa que ser santo es cuestión de fuerzas humanas, de algo que se consigue con el propio esfuerzo. Y así, estos piensan que hacen cosas buenas y meritorias por ellos mismos aunque no lleguen a ser santos. No se dan cuenta de que la verdad es que uno mismo es absolutamente incapaz de lograr algo en el orden sobrenatural con las propias fuerzas. Ninguna criatura es más humilde que la Santísima Virgen. Ella se sabe llena de gracia, pero no se atribuía a sí misma nada, sino que reconoce que todo lo que hay de excelso en Ella es puro don de Dios. Es el Señor el que ha hecho en Ella obras grandes.

Por desgracia muchos cristianos se creen con muchos méritos y con razones para que el Señor esté contento con ellos, como el fariseo del Evangelio que se enorgullecía de no ser como los demás hombres, adúlteros, ladrones, etc., sino que ayunaba dos veces por semana y pagaba el diezmo de todo lo que poseía. Pensaba que todo eso era algo que él hacía y que Dios debía de reconocérselo, tratarle bien y recompensarle por ello. Es esta misma actitud la de muchos que se consideran que “cumplen” con Dios porque rezan de vez en cuando, porque tienen alguna imagen de Cristo o la Virgen en casa o simplemente porque procuran comportarse más o menos con honradez. El creerse bueno, el pensar que uno merece que Dios “premie” su bondad y el ser una persona honrada, esconde una actitud de orgullo y soberbia. La verdad es que si no hemos caído en un abismo de maldad y de corrupción es porque Dios nos ha ayudado con su gracia y su misericordia y no por méritos nuestros. Lo poco bueno que pueda haber en nosotros en realidad es obra de Dios. Lo nuestro es lo malo, nuestros pecados, nuestros egoísmos, nuestra comodidad y nuestras faltas de gratitud.

Pedir a Dios que nos haga santos

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Nuestro Padre Dios, que nos ama infinitamente y quiere nuestro mayor bien quiere nuestra santidad. Es decir, quiere que le dejemos que nos ame; que le dejemos que su amor nos transforme de tal modo que le amemos completamente. En eso consiste la santidad. Pero Dios no nos transforma si nosotros nos resistimos, si nosotros no queremos. La santidad no es tanto obra de las fuerzas de cada uno como la docilidad y el dejar que la fuerza de Dios haga brillar en nosotros el amor de Dios. La santidad es un don. Un don que Dios quiere otorgarnos a todos. Pero hemos de pedirlo y hemos de dejar que el Señor nos lo entregue transformando nuestra vida sin poner resistencia.

Pensar que es uno el que con su esfuerzo y sus cualidades puede llegar a ser santo es además de falso una actitud llena de soberbia. Hace falta ser conscientes de nuestra nada, de nuestra pequeñez, de nuestra inutilidad. Somos unos niños pequeños ante Dios y sólo de Él podemos esperar que nos transforme. Este es camino de infancia espiritual que tantos santos han recomendado. La santidad  no consiste en hacer grandes cosas, llevar adelante grandes empresas apostólicas. Hemos de presentarnos ante Dios como el niño que por sí nada puede y lo espera todo de su padre. “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra porque haber ocultado estas cosas a los sabios y a los poderosos y haberlas revelado a los pequeños y sencillos” (Mt 18, 3). “Quien no se haga como un niño no puede entrar en el Reino de los cielos” (Mc 10, 15).