Pedir a Dios que nos haga santos

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Nuestro Padre Dios, que nos ama infinitamente y quiere nuestro mayor bien quiere nuestra santidad. Es decir, quiere que le dejemos que nos ame; que le dejemos que su amor nos transforme de tal modo que le amemos completamente. En eso consiste la santidad. Pero Dios no nos transforma si nosotros nos resistimos, si nosotros no queremos. La santidad no es tanto obra de las fuerzas de cada uno como la docilidad y el dejar que la fuerza de Dios haga brillar en nosotros el amor de Dios. La santidad es un don. Un don que Dios quiere otorgarnos a todos. Pero hemos de pedirlo y hemos de dejar que el Señor nos lo entregue transformando nuestra vida sin poner resistencia.

Pensar que es uno el que con su esfuerzo y sus cualidades puede llegar a ser santo es además de falso una actitud llena de soberbia. Hace falta ser conscientes de nuestra nada, de nuestra pequeñez, de nuestra inutilidad. Somos unos niños pequeños ante Dios y sólo de Él podemos esperar que nos transforme. Este es camino de infancia espiritual que tantos santos han recomendado. La santidad  no consiste en hacer grandes cosas, llevar adelante grandes empresas apostólicas. Hemos de presentarnos ante Dios como el niño que por sí nada puede y lo espera todo de su padre. “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra porque haber ocultado estas cosas a los sabios y a los poderosos y haberlas revelado a los pequeños y sencillos” (Mt 18, 3). “Quien no se haga como un niño no puede entrar en el Reino de los cielos” (Mc 10, 15).

 

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