Cristo se entregó a la muerte por mí

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Cristo ha sufrido las burlas, los golpes, los escupitajos, las bofetadas, los insultos, las calumnias, por ti. Cristo ha sufrido la acusación injusta; han dicho de Él que era un borracho y un comilón, ha sido tratado como un malhechor, acusado de blasfemo, de contrario a la Ley de Moisés, de incitar a la rebelión contra el Cesar. Ha sido llevado preso a la autoridad romana pidiendo que sea crucificado. Ha sido brutalmente azotado con saña y odio. Le han clavado en la cabeza una corona de espinas. Han gritado como posesos que sea crucificado. Han presionado a la autoridad que sabe que es inocente hasta el punto de lograr la injusticia de condenarlo a la muerte. Han cargado sobre sus hombros una pesada cruz que apenas puede llevar y que le hace caer continuamente. Lo han desnudado, se han repartido sus vestidos y han clavado sus manos y sus pies al madero. Y ya elevado sobre la cruz, aún han seguido insultándolo y burlándose de Él. La sangre, el polvo, el sudor, la piel desgarrada y amoratada, lo ha deformado de tal manera que apenas dejan reconocer en aquella imagen de dolor y sufrimiento a Jesús. Tres largas horas de increíbles y terribles dolores. Tres largas horas de sufrimiento y agonía. Y una vez muerto, la sangre que aún quedaba en el corazón de Cristo salió tras la lanzada con la que el soldado romano traspasó su costado. Jesús ha dado toda su sangre por ti, hasta la última gota. Jesús no se ha ahorrado ningún dolor ni sufrimiento por ti, por mí, por cada uno. Porque la muerte y la pasión de Cristo no ha sido una entrega “en general” sino una entrega “particular”. Cristo nos tenía a cada uno presentes en toda su pasión. Por eso San Pablo puede escribir a los Gálatas: “Me amó, y se entregó a la muerte por mí”. Todos, cada uno de nosotros podemos decir en verdad lo mismo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.