¿Qué es lo que amas?

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Si lo que amamos con más intensidad posee poco valor, estaremos infravalorando nuestra vida, nuestro ser. Si lo pensamos bien, no hay ningún bien mayor que la persona. Por tanto, amar las cosas por encima de las personas es un gran error. Quien hace eso se está rebajando al nivel de las cosas. Todo lo que se puede comprar tiene poco valor. Lo verdaderamente valioso es aquello que no se puede comprar. Nadie puede comprar el amor de otra persona. Y lo único que nos descubre nuestro propio valor es que haya personas que nos quieran, pero que nos quieran de verdad, incondicionalmente. Saber que hay alguien que me quiere con todo su corazón es un anhelo, el más profundo deseo del corazón humano; es lo que realmente nos proporciona una inmensa alegría y la verdadera felicidad.

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¿Hay un último fin?

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Hablábamos de la necesidad de tener un fin en nuestra vida. Algunos podrían decir que no tienen un único fin sino muchos: aprender idiomas, tener amigos, viajar, conseguir un buen trabajo, etc. Pero si lo pensamos bien, todos esos fines son relativos. En el fondo todo lo que hacemos lo hacemos porque queremos algo fundamental: ser felices.  El problema está en que no es fácil descubrir dónde y en qué consiste realmente la felicidad. Todos queremos ser felices. No hay nadie que no quiera ser feliz. El anhelo de felicidad está inscrito en toda persona humana. Ahora bien, para algunos la felicidad está en ser famoso, o en el poder, o en las riquezas, o en los placeres, etc.

En realidad el valor del hombre se mide por aquello que considera el verdadero bien, la verdadera felicidad. Uno ama aquello que piensa que es el bien que le proporcionará la felicidad. De tal modo que se puede decir: “Dime lo que amas como bien supremo y te diré lo que vales”. El valor de la persona se descubre por el valor de aquello que ama.

¿Qué es lo que yo amo por encima de todo? ¿Cuál es el bien que considero más preciado y al cuál dirijo mi vida y busco como mi fin último?

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¿Has pensado en la muerte?

La muerte. Es necesario preguntarse qué sigue a la muerte. Nuestro verdadero porvenir y nuestro auténtico destino se encuentra tras ella. ¿Qué pasará cuando muera? ¿Qué hay más allá de esta vida? ¿Cómo plantearme qué es lo que quiero lograr con mi vida sin plantearme si hay o no algo más allá de esta vida? Si no hay nada más allá, si todo se acaba aquí, entonces… ¿por qué no hacer todo cuanto quiera con tal de lograr disfrutar al máximo de los pocos años de que dispongo en este mundo? ¿Qué importa ser injusto y tratar mal a los demás? Si todos se acaba con la muerte, es razonable que haga cualquier cosa y justifique cualquier cosa con tal de lograr disfrutar al máximo. Pero ¿y si todo no se acaba con la muerte? ¿Y si después de a muerte hay una eternidad? ¿Y si esa eternidad será dichosa y feliz o amarga y horrible dependiendo de lo que haya hecho aquí, en esta vida? Es para pensárselo.

¿Cuál es el fin de tu vida?

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Si no tienes un fin en tu vida, entonces no sabes a dónde vas. Tu vida no tiene una dirección, sino que estás expuesto a moverte como una veleta, según sea la dirección del viento. La persona que se cree libre porque hace “lo que le da la gana” no es en absoluto libre sino esclava de sus emociones, de sus sentimientos, de los deseos que vienen determinados por mecanismos psicológicos o sociológicos, la moda, lo que hacen los otros, etc. Ser libre es elegir, y para elegir, hay que juzgar, y juzgar es un acto de la inteligencia. Una persona es libre, dueña de su vida cuando en vez de dejarse llevar por sus instintos o impulsos, juzga con su inteligencia hacia dónde quiere dirigir su vida y decide orientarla hacia ese fin.