Vigilancia y oración del cristiano

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Quien ha decidido amar a Dios sin medida y hacer que todos sus actos, pensamientos y palabras sean para Dios, deberá seguir fielmente la indicación que Jesús dió a sus apóstoles en el Huerto de Getsemaní: “¡Velad y orad! El espíritu está pronto pero la carne es débil”. Lo sabemos bien por experiencia. Muchas, demasiadas veces lo que sabemos que debemos hacer y lo que de verdad queremos hacer no terminamos de llevarlo a cabo porque somos débiles y acabamos haciendo aquello que no queríamos hacer. No se puede ser cristiano sin la vigilancia y la oración. Son muy numerosas las ocasiones en las que Jesús hace esta doble advertencia: “¡Velad y orad!”. 

¿En qué cosiste la vigilancia? La vigilancia tiene una doble orientación. Por una parte supone estar atentos para que podamos descubrir a Jesús y cuál es su voluntad para mí. Vigilar para no dejar pasar de largo las gracias que continuamente pone el Señor en mi alma. Por otra parte, vigilar para no perder el gran tesoro de la gracia, de la vida divina. El amor permanece atento para crecer en la intensidad, y también para que nada ni nadie pueda hacerlo menguar. Sólo con la vigilancia podremos realizar de forma voluntaria y consciente nuestros pensamientos, palabras y acciones dirigiéndolos hacia Dios.

Cristo se entregó a la muerte por mí

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Cristo ha sufrido las burlas, los golpes, los escupitajos, las bofetadas, los insultos, las calumnias, por ti. Cristo ha sufrido la acusación injusta; han dicho de Él que era un borracho y un comilón, ha sido tratado como un malhechor, acusado de blasfemo, de contrario a la Ley de Moisés, de incitar a la rebelión contra el Cesar. Ha sido llevado preso a la autoridad romana pidiendo que sea crucificado. Ha sido brutalmente azotado con saña y odio. Le han clavado en la cabeza una corona de espinas. Han gritado como posesos que sea crucificado. Han presionado a la autoridad que sabe que es inocente hasta el punto de lograr la injusticia de condenarlo a la muerte. Han cargado sobre sus hombros una pesada cruz que apenas puede llevar y que le hace caer continuamente. Lo han desnudado, se han repartido sus vestidos y han clavado sus manos y sus pies al madero. Y ya elevado sobre la cruz, aún han seguido insultándolo y burlándose de Él. La sangre, el polvo, el sudor, la piel desgarrada y amoratada, lo ha deformado de tal manera que apenas dejan reconocer en aquella imagen de dolor y sufrimiento a Jesús. Tres largas horas de increíbles y terribles dolores. Tres largas horas de sufrimiento y agonía. Y una vez muerto, la sangre que aún quedaba en el corazón de Cristo salió tras la lanzada con la que el soldado romano traspasó su costado. Jesús ha dado toda su sangre por ti, hasta la última gota. Jesús no se ha ahorrado ningún dolor ni sufrimiento por ti, por mí, por cada uno. Porque la muerte y la pasión de Cristo no ha sido una entrega “en general” sino una entrega “particular”. Cristo nos tenía a cada uno presentes en toda su pasión. Por eso San Pablo puede escribir a los Gálatas: “Me amó, y se entregó a la muerte por mí”. Todos, cada uno de nosotros podemos decir en verdad lo mismo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.

No podemos amar a Dios demasiado

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Si quiero de verdad amar a Dios, lo tendré continuamente presente a lo largo del día; le daré gracias continuamente, le pediré perdón por mis faltas, intentaré desagraviarle por mis pecados haciendo y ofreciéndole algunos sacrificios, algo que me cueste. A esto último se le llama hacer penitencia. Y por supuesto, procuraré visitarle a diario y hacer el esfuerzo por recibirle en la eucaristía procurando y poniendo el máximo empeño para asistir a diario a la Santa Misa. Estaré pendiente de agradarlo en todo y hacer lo que Él me enseña y para ello leeré todos los días el Santo Evangelio y honraré a su Madre María rezando con atención, piedad y devoción el Santo Rosario, pues la misma Virgen lo ha pedido así en muchas ocasiones y la Iglesia lo ha recomendado continuamente. No será verdad que amo a Dios si no procuro amarlo más y más cada día; si no pongo empeño en que todos mis acciones diarias, todo lo que hago sin excepción alguna en cada momento, sea por amor a Dios. Quien piense que esto es exagerado, es que no ha comprendido aún lo que es ser cristiano y no conoce aún a Dios. Si el mismo Dios, el Amor Infinito me ha amado hasta el extremo, hasta entregar a su Hijo Único por amor a mí a la muerte en la Cruz, ¿cómo puedo yo pensar que podría amarlo yo de modo exagerado? Pensar que uno se puede “pasar” en amar a Dios es, además de ridículo e imposible, hacerle un agravio al mismo Dios. Recordemos, como ya  hemos dicho anteriormente, que la única medida del amor a Dios, es amarlo sin medida. 

El pecado mortal y la tibieza

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El tibio confunde ser cristiano con realizar algunas prácticas religiosas y por eso cree que se es cristiano a ciertas horas o en ciertos momentos mientras que en el resto del tiempo no tiene nada que ver con el hecho de ser cristiano. No se da cuenta de que el cristianismo es una vida, la vida cristiana. Y que no se puede vivir a ratos. O se vive continuamente o uno muere. La vida no se interrumpe para retomarla después. Hay muchos cristianos que tienen nombre de vivos pero están muertos. Son bautizados, hijos de Dios, pero están muertos. La vida cristiana es la vida de la gracia, es la vida divina. Y la vida divina puede perderse por el pecado. Por eso la Iglesia nos enseña que hay pecados veniales y pecados mortales. El pecado mortal se llama así, mortal, porque causa la muerte. Por el pecado mortal perdemos la vida divina y nos convertimos en cristianos muertos; somos hijos de Dios porque recibimos la vida de la gracia, pero estamos muertos porque por el pecado mortal hemos perdido esa vida divina.

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

1861 El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios.

Solamente aman en plenitud los santos

PAPA SAN JUAN PABLO II Y BEATA TERESA DE CALCUTA

Son muchos los textos de la Sagrada Escritura en la que se llama  todos a la santidad. Ya en el Antiguo Testamento el Señor dice a su pueblo: “Sed santos porque Yo soy santo” (Lev 11, 44); y San Pablo repite en diversos lugares con insistencia: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santidad” (1 Tim 4, 3); “Sed perfectos” (2 Cor 13, 11); “Dios nos ha elegido antes de la creación del mundo para que seamos santos” (Ef 1, 4.). Y San Pedro: “Como aquel que os ha llamado es santo, sed santos” (1 Pe 1, 15). El Concilio Vaticano II ha confirmado solemnemente la llamada universal a la santidad. Todos los fieles están llamados a ser santos. Sin embargo, aún se trata de una verdad que no ha terminado de calar en muchos que siguen pensando que la santidad es cosa de unos pocos privilegiados, de unos pocos elegidos, pero de la mayoría Dios se contenta con que sean más o menos buenos, con que sean buenas personas y no maten y roben. No se dan cuenta de que debemos ser santos porque Dios nos está dando todos los medios necesarios para alcanzar la santidad y que si no lo somos es sencillamente por que no queremos. Y no querer ser santo, conformarse con la mediocridad cuando Cristo ha derramado su Sangre para purificarnos y estar resplandecientes, es un fracaso. El bautizado que no es santo en la tierra es un fracasado. No se puede entrar al Cielo si no es en un estado de santidad. La misericordia de Dios se manifiesta en el Purgatorio. Quienes no se han dejado purificar aquí en la tierra por la gracia de Dios, podrán ser purificados en el Purgatorio para alcanzar todo el resplandor de la gracia que nos permita ver a Dios cara a cara.

Tenemos que amar más y más

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Nadie que desea amar verdaderamente a Dios puede estar satisfecho con el grado e intensidad con el que le ama en el presente. Siempre deberá procurar crecer en ese amor. El verdadero cristiano desea amar cada vez más, con más intensidad y mejor a Dios. Y eso es lo que Dios nos pide a todos. A todos sin excepción. A Dios no le agrada quien se conforma con quererle más o menos, con quien se siente satisfecho pensando que ya ama suficientemente a Dios. A Dios nunca se le ama suficientemente. Pensar eso es además de ridículo de una soberbia y de una presunción repugnante. Y ya sabemos que Dios rechaza a los soberbios. Quien ama de verdad desea amar más y alcanzar el grado mayor posible de amor a Dios. En cambio quien no ama de verdad se conforma con un amor limitado, calculado. Se entiende así la idea tan equivocada de tantos cristianos que piensan que sí, que hay que vivir la vida cristiana pero sin pasarse, sin excesos. Confunden la vida cristiana con hacer cosas, prácticas de devoción, etc.

La plenitud del amor a Dios, el amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas, con todo el ser, es algo que Dios quiere para todos los hombres y mujeres. Todos, cualquiera que sea su condición, su ambiente, sus cualidades personales, circunstancias de vida… para todos ha dicho Jesús: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. La perfección, la plenitud del amor no es algo que Jesús sólo para los que quieran, como una propuesta que se puede o no aceptar.

Si me falta el amor, nada soy

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Ante Dios, sólo tienen valor, los actos que hacemos por amor a Él. Todo lo que hacemos por otros motivos no tienen valor sobrenatural, no son agradables a Dios. Todo lo que hacemos por motivos puramente humanos no tiene valor sobrenatural y no sirven para alcanzar la vida eterna. Aunque desde el punto de vista humano, un acto tenga un enorme valor, si no está realizado por amor a Dios, no tiene valor sobrenatural. Esto lo dice claramente el apóstol San Pablo en su primera carta a los Corintios: “Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad (es decir, el amor a Dios), nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha”. La acción más grandiosa, más admirable, más extraordinaria que pudieramos imaginar en el orden natural y humano, pero hecha sin que su motivo sea el amor a Dios, no tiene para Él valor en absoluto. En cambio la acción más sencilla y más pequeña, si está hecha con mucho amor a Dios posee un valor tan alto y agradable a Dios como la intensidad con la que se ama.