La esencia del cristianismo es el amor

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Dios nos ha dado la libertad para que le amemos y de ese modo seamos eternamente felices, porque sólo en amarlo a Él puede encontrar el ser humano la plenitud y el gozo, la alegría infinita y total. Y a pesar de que en el origen el ser humano rechazó el amor de Dios, Él no nos abandonó, sino que puso en marcha un plan para ofrecer la posibilidad de recuperar la amistad con Él a toda la humanidad y alcanzar así nuestro fin. La felicidad del hombre coincide así con la respuesta de amor a Aquel que nos ha amado y que tendrá su plenitud después de esta vida terrena en la vida eterna, cuando podamos gozar de Él cara a cara.

Podemos decir que nos convertimos en aquello que amamos. Lo que amamos hace lo que somos. Si amamos a Dios, entonces nos hacemos divinos. Si amamos a Dios, que es Vida y Alegría sin fin, alcanzamos la vida feliz para siempre. La única Ley que hay para el cristiano es la Ley del amor. Todo está contenido ahí. Si la moral cristiana nos enseña e indica una serie de preceptos detallados es sencillamente para orientarnos y evitar que nos equivoquemos buscando el amor en donde no está, en aquello que en vez de acercarnos a Dios nos apartaría de Él.

La esencia del cristianismo no es ni un conjunto de verdades, un cuerpo de doctrina, una serie de enseñanzas, ni un código moral, unas normas o preceptos éticos que cumplir. Tampoco una serie de prácticas religiosas, oraciones y devociones, costumbres o tradiciones. El cristianismo es esencialmente una persona: Jesucristo. Es el amor a Jesucristo. Es por eso, el amor a Dios hecho hombre, porque ese es Jesucristo, el Hijo eterno de Dios que en un momento de la historia, sin dejar de ser Dios se hizo verdaderamente hombre como nosotros.L

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Dios, en cierto modo, se ha hecho débil

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Dios, de alguna manera, podría decirse que se ha hecho débil al crear a seres libres. El hecho de nuestra libertad es un misterio insondable. Porque una vez que ha hecho a un ser libre, una vez que ha dado voluntad propia a alguien, siempre existe el riesgo de que ese ser, en vez de elegir su bien y su felicidad reconociendo a Dios, amándolo y dándole gloria, se niegue a hacerlo. La libertad no se puede forzar. Nadie puede obligar a otra persona a que la ame. El amor es por su propia esencia algo gratuito. Se da porque se quiere. No puede haber nada ni nadie que me obligue a amar a otra persona, ni siquiera a Dios. Desde luego hay infinitos motivos para que le ame, pero sólo le amaré si yo quiero. Si no quiero amarle puedo negarme a ello aún cuando eso suponga mi perdición, el tormento y el sufrimiento eterno, la mayor infelicidad y amargura, el vacío y la angustia más insoportable.

En una ocasión leí en algún sitio la satisfacción con la que un adolescente incomodaba y desconcertaba a un anciano sacerdote con intención no exenta de cierta chanza y regocigarse en los aprietos del pobre cura planteádole la siguiente cuestión: ¿Podría Dios, siendo Todopoderoso hacer una piedra tan pesada que ni Él mismo pudiera levantarla? El joven, añadía argumentando que en el caso de que no pudiera hacerla, entonces habría que concluir que Dios no es Todopoderoso. Pero si decimos que si que puede hacerla, entonces tampoco sería Todopoderoso porque una vez hecha, el mismo Dios no podría levantarla. Pues bien, este es el misterio de la libertad humana. La libertad humana vendría a ser esa piedra. Una vez que Dios ha hecho a una criatura libre, no puede forzar su libertad. En realidad, lo que sucede es que Dios al crear a una criatura libre ha querido no forzar su libertad. Esto no cuestiona en el poder absoluto de Dios. Pero no es ahora el momento de detenernos en complejas explicaciones filosóficas y teológicas.

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Somos libres. Podemos decir no a Dios

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Dios nos ha hecho libres porque quiere que le amemos libremente. Todas las cosas creadas dan gloria a Dios por el mismo hecho de su existencia. Así lo dice innumerables veces la Sagrada Escritura: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 18). Pero tanto los seres inertes como los animales, dan gloria a Dios de modo necesario, como una obra de arte proclama por sí misma la magnifencia y el génio de su autor. Dios, ha querido crear también seres libres, con entendimiento y voluntad, seres personales que puedan dar gloria a Dios, no de modo necesario sino libremente, porque quieren. Pero la libertad conlleva el riesgo de que en vez de reconocer a Dios y glorificarlo, la criatura libre se niegue a ello. Y esto es lo que pasó con el ser humano.

Podemos reconocer a Dios como el Ser absoluto, el Infinito, el Todopoderoso, el único que merece adoración y gloria. Y reconocer y aceptar su amor, el que le debamos a Él nuestra existencia, nuestro ser personal, la altísima dignidad de tener una voluntad propia, algo que Él nos ha dado de tal manera que no nos la puede quitar. Y aferrarnos a esa chispa de gloria considerándola como nuestra y sólo nuestra de modo que rechacemos dar gloria a Dios y reconocerle como tal. Sí, eso es algo estúpido, pero puede arrastrar al abismo, un abismo de horror. Puede llegar a resultar sumamente deseable poder desafiar al mismo Dios aún a costa de sufrir eternamente por ello. Es una especie de locura salvaje, de orgullo y soberbia aberrante y desgarradora, una monstruosidad terrorífica el ser menos que una mota en el infinito universo y poder decirle a Dios: “¡No! ¡No me someto! ¡No te serviré!”. Es el trágico modo de empecinarnos en ser como Dios, en encerrarnos en nuestro propio orgullo, en los ínfimos límites de nuestra naturaleza, pero con la avaricia desvocada de pensar que son tan solo nuestros y que no queremos darlos a Dios y que Él no puede hacer nada para forzar nuestra decisión.

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“La ideología de género es la educación de la mentira”

Un prestigioso neuropsicólogo infantil responde a cuestiones de gran importancia sobre la educación de los ninos en los hogares españoles.

El director del Instituto de Neuropsicología y Psicopedagogía Aplicadas (INPA) de Madrid habla también de la importancia de la vida espiritual y los beneficios que tiene en los hijos y de los grandes sufrimientos con los que se encuentra en la consulta atendiendo a ninos con graves discapacidades y donde la fe puede ayudar sin duda a sobrellevarlos. Por último, aborda el tema del aborto en las personas con discapacidad y las presiones que reciben sus madres para que no den a luz a estos ninos.

Origen: “La ideología de género es la educación de la mentira”

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El Cielo existe… pero el infierno también

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Hay infierno. Hay condenación eterna, para siempre. Lo dice Jesús no una, sino muchísimas veces. Precisamente Él viene para salvarnos de ser condenados. Pero esa salvación no se realizará sin nuestra cooperación, sin la correspondencia de nuestras obras a su gracia. El tema de la existencia del infierno es una verdad de fe. Quien niega la existencia del infierno no profesa la fe cristiana. No es un tema fácil comprender cómo se compagina un Dios infinitamente bueno con la existencia del infierno, pero eso no es razón para negar lo que el mismo Dios nos dice. Será cuestión de estudiarlo más detenidamente más adelante. Pero está claro que la vida cristiana, no puede consistir en procurar no hacer cosas muy malas para evitar ir al infierno.

Como el amor a un padre y a una madre no puede consistir simplemente en procurar no ofenderles para evitar ser castigados, el amor a Dios no puede consistir en eso. Amar a Dios no es evitar ofenderle sino procurar amarle con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda la mente, con todo el ser. No dejar de pensar en Él ni un solo momento, como el enamorado está siempre con su mente en la persona que ama. El mismo Jesús nos lo recuerda en el Evangelio: “El principal de los mandamientos es este: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser”. Y ¿cómo se puede amar a Dios así? Sencillamente queriéndolo. Si uno quiere de verdad amar a Dios así podrá hacerlo pidiendo que Dios se lo conceda. Porque poder amar a Dios así es un don, un regalo que Dios concede a los que se lo piden.

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El Cielo existe. Ha sido hecho para ti

El Cielo es real

Si el fin de nuestra existencia es la vida eterna, la felicidad sin fin de estar con Dios, gozando con Él de su alegría infinita y perfecta, lo primero que tendremos que plantearnos quienes queremos ser cristianos, vivir la vida cristiana, es precisamente si es esto lo que buscamos y procuramos por encima de todo, con todo empeño y por encima de cualquier otra cosa. Porque si no es así, entonces, no seremos de verdad cristianos. Si alcanzar la vida eterna y el amor de Dios no es el fin principal y fundamental de nuestra vida y al que todo lo demás está subordinado, entonces no nos hemos enterado aún de qué es ser cristiano.

Es muy fácil que haya quien confunda ser cristiano con ser simplemente una buena persona, una persona que procure hacer el bien y evitar hacer el mal. Pero eso, siendo algo estupendo no es ser cristiano. Es muy fácil que algunos cristianos confundan la vida cristiana añadiendo a lo anterior realizar algunas oraciones o algunas prácticas religiosas. Tampoco esos se han enterado bien de qué es ser cristiano. Hay incluso cristianos que piensan que al final, Dios es tan bueno y misericordioso que perdonará a todos cualquiera que sea el mal que hayan hecho en este mundo y que todos iremos al Cielo. Desde luego ese pensamiento tranquiliza mucho, pero no es eso lo que Jesucristo ha enseñado ni lo que dice en el Evangelio.

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La Paternidad divina

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Dios nos ama como un padre ama a sus hijos. Así lo recoge el Antiguo Testamento y especialmente nos lo dice Jesús en los Evangelios. Jesús nos enseñó a dirigirnos a Dios llamándolo Padre nuestro. Pero no podemos amar a Dios como padre si no amamos a todos los hijos de Dios que forman con nosotros una sola familia divina. Por el mismo hecho de ser hijos de Dios, todos somos hermanos. El amor fraterno nace del amor filial. Hay un solo amor, el amor a Dios y en Él el amor a todo lo que Él ama.

Es un tremendo error confundir el amor del cristiano con una simple actitud natural de benevolencia, de solidaridad o beneficencia entre los hombres, fundada solamente en la misma condición de seres humanos. Eso es mera filantropía, mero humanismo, pero no verdadera fraternidad, porque no se puede ser hermanos sin ser hijos de un mismo Padre. La verdadera fraternidad entre los hombres proviene del don de Dios que nos hace hijos suyos y no de la mera naturaleza humana. Por eso la verdadera fraternidad y la filiación divina consiste en una vida nueva que sobrepasa a la vida natural. Es la vida de la gracia, del don de Dios, la vida divina, la vida sobrenatural.

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