Vigilancia y oración del cristiano

1224988055591_f

Quien ha decidido amar a Dios sin medida y hacer que todos sus actos, pensamientos y palabras sean para Dios, deberá seguir fielmente la indicación que Jesús dió a sus apóstoles en el Huerto de Getsemaní: “¡Velad y orad! El espíritu está pronto pero la carne es débil”. Lo sabemos bien por experiencia. Muchas, demasiadas veces lo que sabemos que debemos hacer y lo que de verdad queremos hacer no terminamos de llevarlo a cabo porque somos débiles y acabamos haciendo aquello que no queríamos hacer. No se puede ser cristiano sin la vigilancia y la oración. Son muy numerosas las ocasiones en las que Jesús hace esta doble advertencia: “¡Velad y orad!”. 

¿En qué cosiste la vigilancia? La vigilancia tiene una doble orientación. Por una parte supone estar atentos para que podamos descubrir a Jesús y cuál es su voluntad para mí. Vigilar para no dejar pasar de largo las gracias que continuamente pone el Señor en mi alma. Por otra parte, vigilar para no perder el gran tesoro de la gracia, de la vida divina. El amor permanece atento para crecer en la intensidad, y también para que nada ni nadie pueda hacerlo menguar. Sólo con la vigilancia podremos realizar de forma voluntaria y consciente nuestros pensamientos, palabras y acciones dirigiéndolos hacia Dios.

Cristo no sufrió para que seas simplemente una buena persona

10-sorprendentes-cosas-que-no-sabias-de-la-pelicula-la-pasion-de-cristo

Quien piense que todo esto lo ha pasado el Hijo de Dios, sencillamente para que seamos buenas personas, además de ser un necio, le está haciendo al Señor una cruel burla y un gran desprecio. Con razón podría preguntarnos Jesús a cada uno: ¿En tan poco estimas y valoras mi sangre que piensas que la he derramado tan solo para que seas bueno? Mi sangre ha sido derramada para que seas santo. Por el valor de mi sangre, la persona más canalla y perdida, la persona más malvada y depravada, el asesino más repugnante o el deshecho humano más podrido, si quiere y acepta mi misericordia puede ser santo. Mi sangre no quiere solo limpiar un poco la suciedad asquerosa del pecado y la injusticia humana dejando al pecador con una apariencia más o menos aceptable. Pensar así, es un insulto a mi sacrificio, a mi pasión por ti. Mi sangre quiere limpiar y purificar al pecador hasta dejarlo resplandeciente, luminoso, con el brillo cegador de la gracia, con la belleza divina del poder de mi sangre. Y eso es la santidad que yo quiero de vosotros. Por eso dije: sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto. Yo te he llamado para eso, para que seas santo, no para que seas buena persona. Te he llamado para que estés tan unido a mí que quien te vea y te trate pueda descubrirme a mí. Te he dado mi gracia y he encendido con mi sangre en tu vida la luz divina que quiero que lleves al mundo para transformarlo. ¿Cómo puedes pensar que esa luz es algo privado, algo que vives particularmente y nada más? ¿Cómo puedes pensar que esa luz la puedes dejar debajo de la cama y no ponerla en el candelero como les dije a mis discípulos? Pero ¿de verdad te llamas discípulo mío? Te atreves a decir que crees en mí y que me sigues pero que solo aspiras a ser más o menos bueno, a no hacer el mal? ¿Crees que puedes ser mi discípulo y no tener en tu interior el deseo de amarme con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser? ¿Crees que me puedes amar así cuando te conformas con ser más o menos bueno, cuando renuncias a ser santo, cuando te conformas con la mediocridad o piensas que puedes amarme demasiado? ¿Eres de los que dicen que hay que ser cristiano pero sin pasarse? ¿Es que acaso alguien se pude pasar en amar a Dios? Los que piensan o actuan así son tibios. Y a los tibios ya les he dicho lo que producen en mí. Está recogido en el libro del Apocalipsis: “Ojalá fueras frío o caliente. Más porque no eres ni frío ni caliente, porque eres tibio, estoy por vomitarte de mi boca”.

Cristo se entregó a la muerte por mí

Pasion-la-fm

Cristo ha sufrido las burlas, los golpes, los escupitajos, las bofetadas, los insultos, las calumnias, por ti. Cristo ha sufrido la acusación injusta; han dicho de Él que era un borracho y un comilón, ha sido tratado como un malhechor, acusado de blasfemo, de contrario a la Ley de Moisés, de incitar a la rebelión contra el Cesar. Ha sido llevado preso a la autoridad romana pidiendo que sea crucificado. Ha sido brutalmente azotado con saña y odio. Le han clavado en la cabeza una corona de espinas. Han gritado como posesos que sea crucificado. Han presionado a la autoridad que sabe que es inocente hasta el punto de lograr la injusticia de condenarlo a la muerte. Han cargado sobre sus hombros una pesada cruz que apenas puede llevar y que le hace caer continuamente. Lo han desnudado, se han repartido sus vestidos y han clavado sus manos y sus pies al madero. Y ya elevado sobre la cruz, aún han seguido insultándolo y burlándose de Él. La sangre, el polvo, el sudor, la piel desgarrada y amoratada, lo ha deformado de tal manera que apenas dejan reconocer en aquella imagen de dolor y sufrimiento a Jesús. Tres largas horas de increíbles y terribles dolores. Tres largas horas de sufrimiento y agonía. Y una vez muerto, la sangre que aún quedaba en el corazón de Cristo salió tras la lanzada con la que el soldado romano traspasó su costado. Jesús ha dado toda su sangre por ti, hasta la última gota. Jesús no se ha ahorrado ningún dolor ni sufrimiento por ti, por mí, por cada uno. Porque la muerte y la pasión de Cristo no ha sido una entrega “en general” sino una entrega “particular”. Cristo nos tenía a cada uno presentes en toda su pasión. Por eso San Pablo puede escribir a los Gálatas: “Me amó, y se entregó a la muerte por mí”. Todos, cada uno de nosotros podemos decir en verdad lo mismo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.

No podemos amar a Dios demasiado

2cec3975c305817bed2f1efe7f43399e

Si quiero de verdad amar a Dios, lo tendré continuamente presente a lo largo del día; le daré gracias continuamente, le pediré perdón por mis faltas, intentaré desagraviarle por mis pecados haciendo y ofreciéndole algunos sacrificios, algo que me cueste. A esto último se le llama hacer penitencia. Y por supuesto, procuraré visitarle a diario y hacer el esfuerzo por recibirle en la eucaristía procurando y poniendo el máximo empeño para asistir a diario a la Santa Misa. Estaré pendiente de agradarlo en todo y hacer lo que Él me enseña y para ello leeré todos los días el Santo Evangelio y honraré a su Madre María rezando con atención, piedad y devoción el Santo Rosario, pues la misma Virgen lo ha pedido así en muchas ocasiones y la Iglesia lo ha recomendado continuamente. No será verdad que amo a Dios si no procuro amarlo más y más cada día; si no pongo empeño en que todos mis acciones diarias, todo lo que hago sin excepción alguna en cada momento, sea por amor a Dios. Quien piense que esto es exagerado, es que no ha comprendido aún lo que es ser cristiano y no conoce aún a Dios. Si el mismo Dios, el Amor Infinito me ha amado hasta el extremo, hasta entregar a su Hijo Único por amor a mí a la muerte en la Cruz, ¿cómo puedo yo pensar que podría amarlo yo de modo exagerado? Pensar que uno se puede “pasar” en amar a Dios es, además de ridículo e imposible, hacerle un agravio al mismo Dios. Recordemos, como ya  hemos dicho anteriormente, que la única medida del amor a Dios, es amarlo sin medida. 

El pecado mortal y la tibieza

0bcfcd24720a237ec52a23388b4cdc37

El tibio confunde ser cristiano con realizar algunas prácticas religiosas y por eso cree que se es cristiano a ciertas horas o en ciertos momentos mientras que en el resto del tiempo no tiene nada que ver con el hecho de ser cristiano. No se da cuenta de que el cristianismo es una vida, la vida cristiana. Y que no se puede vivir a ratos. O se vive continuamente o uno muere. La vida no se interrumpe para retomarla después. Hay muchos cristianos que tienen nombre de vivos pero están muertos. Son bautizados, hijos de Dios, pero están muertos. La vida cristiana es la vida de la gracia, es la vida divina. Y la vida divina puede perderse por el pecado. Por eso la Iglesia nos enseña que hay pecados veniales y pecados mortales. El pecado mortal se llama así, mortal, porque causa la muerte. Por el pecado mortal perdemos la vida divina y nos convertimos en cristianos muertos; somos hijos de Dios porque recibimos la vida de la gracia, pero estamos muertos porque por el pecado mortal hemos perdido esa vida divina.

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

1861 El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios.

No confundir ser buena persona con ser cristiano

falso-cristiano

Muchos cristianos piensan que aman suficientemente a Dios. Piensan que tienen mucha fe, que son muy creyentes y no se dan cuenta de que es precisamente porque piensan eso por lo que han caído en la tibieza, esa tibieza de la que dice el libro del Apocalipsis que causa asco a Dios hasta el punto de decir que a los tibios los vomitará de su boca. El tibio piensa que en cuestión de religión no hay que “pasarse”, que basta con cumplir algunas cosas y procurar hacer el bien. Y entiende hacer el bien como sencillamente ser buena persona. Habitualmente exagera diciendo que no va todos los días a Misa cuando en realidad va solo de vez en cuando algún domingo. El tibio no lee la Palabra de Dios, la Biblia. El tibio no acude al sacramento de la Confesión a pedir perdón por sus pecados ante el sacerdote. Normalmente dice que, o bien no tiene pecados o que se confiesa directamente con Dios. El tibio no reza el Santo Rosario a la Virgen, dice que eso es monótono y aburrido, que Él habla y tiene presente a Dios muchas veces. Pero eso es falso. Uno puede tener la sensación de que se acuerda muchas veces de Dios, pero si no va a Misa los domingos, si no hace un tiempo para estar a solas con Dios sin otra ocupación más que estar con Él, si no lee el Evangelio, si no se confiesa con un sacerdote y comulga con frecuencia, si no procura conocer mejor su fe, puede estar seguro de que se engaña cuando dice que lo tiene presente.

Ser humildes para ser santos

Santa Teresita LA SANTIDAD meme

Para algunos el hecho de querer ser santos sería señal de falta de humildad, de orgullo. ¿Cómo voy yo a ser santo? Pero esta actitud, que parece expresión de humildad, en realidad sí que esconde orgullo y falta de humildad. La razón es que quien hace esa afirmación piensa que ser santo es cuestión de fuerzas humanas, de algo que se consigue con el propio esfuerzo. Y así, estos piensan que hacen cosas buenas y meritorias por ellos mismos aunque no lleguen a ser santos. No se dan cuenta de que la verdad es que uno mismo es absolutamente incapaz de lograr algo en el orden sobrenatural con las propias fuerzas. Ninguna criatura es más humilde que la Santísima Virgen. Ella se sabe llena de gracia, pero no se atribuía a sí misma nada, sino que reconoce que todo lo que hay de excelso en Ella es puro don de Dios. Es el Señor el que ha hecho en Ella obras grandes.

Por desgracia muchos cristianos se creen con muchos méritos y con razones para que el Señor esté contento con ellos, como el fariseo del Evangelio que se enorgullecía de no ser como los demás hombres, adúlteros, ladrones, etc., sino que ayunaba dos veces por semana y pagaba el diezmo de todo lo que poseía. Pensaba que todo eso era algo que él hacía y que Dios debía de reconocérselo, tratarle bien y recompensarle por ello. Es esta misma actitud la de muchos que se consideran que “cumplen” con Dios porque rezan de vez en cuando, porque tienen alguna imagen de Cristo o la Virgen en casa o simplemente porque procuran comportarse más o menos con honradez. El creerse bueno, el pensar que uno merece que Dios “premie” su bondad y el ser una persona honrada, esconde una actitud de orgullo y soberbia. La verdad es que si no hemos caído en un abismo de maldad y de corrupción es porque Dios nos ha ayudado con su gracia y su misericordia y no por méritos nuestros. Lo poco bueno que pueda haber en nosotros en realidad es obra de Dios. Lo nuestro es lo malo, nuestros pecados, nuestros egoísmos, nuestra comodidad y nuestras faltas de gratitud.