Cristo no sufrió para que seas simplemente una buena persona

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Quien piense que todo esto lo ha pasado el Hijo de Dios, sencillamente para que seamos buenas personas, además de ser un necio, le está haciendo al Señor una cruel burla y un gran desprecio. Con razón podría preguntarnos Jesús a cada uno: ¿En tan poco estimas y valoras mi sangre que piensas que la he derramado tan solo para que seas bueno? Mi sangre ha sido derramada para que seas santo. Por el valor de mi sangre, la persona más canalla y perdida, la persona más malvada y depravada, el asesino más repugnante o el deshecho humano más podrido, si quiere y acepta mi misericordia puede ser santo. Mi sangre no quiere solo limpiar un poco la suciedad asquerosa del pecado y la injusticia humana dejando al pecador con una apariencia más o menos aceptable. Pensar así, es un insulto a mi sacrificio, a mi pasión por ti. Mi sangre quiere limpiar y purificar al pecador hasta dejarlo resplandeciente, luminoso, con el brillo cegador de la gracia, con la belleza divina del poder de mi sangre. Y eso es la santidad que yo quiero de vosotros. Por eso dije: sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto. Yo te he llamado para eso, para que seas santo, no para que seas buena persona. Te he llamado para que estés tan unido a mí que quien te vea y te trate pueda descubrirme a mí. Te he dado mi gracia y he encendido con mi sangre en tu vida la luz divina que quiero que lleves al mundo para transformarlo. ¿Cómo puedes pensar que esa luz es algo privado, algo que vives particularmente y nada más? ¿Cómo puedes pensar que esa luz la puedes dejar debajo de la cama y no ponerla en el candelero como les dije a mis discípulos? Pero ¿de verdad te llamas discípulo mío? Te atreves a decir que crees en mí y que me sigues pero que solo aspiras a ser más o menos bueno, a no hacer el mal? ¿Crees que puedes ser mi discípulo y no tener en tu interior el deseo de amarme con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser? ¿Crees que me puedes amar así cuando te conformas con ser más o menos bueno, cuando renuncias a ser santo, cuando te conformas con la mediocridad o piensas que puedes amarme demasiado? ¿Eres de los que dicen que hay que ser cristiano pero sin pasarse? ¿Es que acaso alguien se pude pasar en amar a Dios? Los que piensan o actuan así son tibios. Y a los tibios ya les he dicho lo que producen en mí. Está recogido en el libro del Apocalipsis: “Ojalá fueras frío o caliente. Más porque no eres ni frío ni caliente, porque eres tibio, estoy por vomitarte de mi boca”.

Cristo se entregó a la muerte por mí

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Cristo ha sufrido las burlas, los golpes, los escupitajos, las bofetadas, los insultos, las calumnias, por ti. Cristo ha sufrido la acusación injusta; han dicho de Él que era un borracho y un comilón, ha sido tratado como un malhechor, acusado de blasfemo, de contrario a la Ley de Moisés, de incitar a la rebelión contra el Cesar. Ha sido llevado preso a la autoridad romana pidiendo que sea crucificado. Ha sido brutalmente azotado con saña y odio. Le han clavado en la cabeza una corona de espinas. Han gritado como posesos que sea crucificado. Han presionado a la autoridad que sabe que es inocente hasta el punto de lograr la injusticia de condenarlo a la muerte. Han cargado sobre sus hombros una pesada cruz que apenas puede llevar y que le hace caer continuamente. Lo han desnudado, se han repartido sus vestidos y han clavado sus manos y sus pies al madero. Y ya elevado sobre la cruz, aún han seguido insultándolo y burlándose de Él. La sangre, el polvo, el sudor, la piel desgarrada y amoratada, lo ha deformado de tal manera que apenas dejan reconocer en aquella imagen de dolor y sufrimiento a Jesús. Tres largas horas de increíbles y terribles dolores. Tres largas horas de sufrimiento y agonía. Y una vez muerto, la sangre que aún quedaba en el corazón de Cristo salió tras la lanzada con la que el soldado romano traspasó su costado. Jesús ha dado toda su sangre por ti, hasta la última gota. Jesús no se ha ahorrado ningún dolor ni sufrimiento por ti, por mí, por cada uno. Porque la muerte y la pasión de Cristo no ha sido una entrega “en general” sino una entrega “particular”. Cristo nos tenía a cada uno presentes en toda su pasión. Por eso San Pablo puede escribir a los Gálatas: “Me amó, y se entregó a la muerte por mí”. Todos, cada uno de nosotros podemos decir en verdad lo mismo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.

No podemos amar a Dios demasiado

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Si quiero de verdad amar a Dios, lo tendré continuamente presente a lo largo del día; le daré gracias continuamente, le pediré perdón por mis faltas, intentaré desagraviarle por mis pecados haciendo y ofreciéndole algunos sacrificios, algo que me cueste. A esto último se le llama hacer penitencia. Y por supuesto, procuraré visitarle a diario y hacer el esfuerzo por recibirle en la eucaristía procurando y poniendo el máximo empeño para asistir a diario a la Santa Misa. Estaré pendiente de agradarlo en todo y hacer lo que Él me enseña y para ello leeré todos los días el Santo Evangelio y honraré a su Madre María rezando con atención, piedad y devoción el Santo Rosario, pues la misma Virgen lo ha pedido así en muchas ocasiones y la Iglesia lo ha recomendado continuamente. No será verdad que amo a Dios si no procuro amarlo más y más cada día; si no pongo empeño en que todos mis acciones diarias, todo lo que hago sin excepción alguna en cada momento, sea por amor a Dios. Quien piense que esto es exagerado, es que no ha comprendido aún lo que es ser cristiano y no conoce aún a Dios. Si el mismo Dios, el Amor Infinito me ha amado hasta el extremo, hasta entregar a su Hijo Único por amor a mí a la muerte en la Cruz, ¿cómo puedo yo pensar que podría amarlo yo de modo exagerado? Pensar que uno se puede “pasar” en amar a Dios es, además de ridículo e imposible, hacerle un agravio al mismo Dios. Recordemos, como ya  hemos dicho anteriormente, que la única medida del amor a Dios, es amarlo sin medida. 

Falta de humildad de quien se cree bueno

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Demasiados cristianos piensan que son buenos porque no matan y no roban. Es una idea muy pobre de lo que supone ser cristiano. Es como si uno dijera que es un buen hijo porque no ha matado ni robado a sus padres. El amor a los padres no se puede medir así. Amar a los padres supone mucho más que abstenerse de hacerles graves daños. Amar a los padres implica respetarlos, manifestarles cariño, estar pendientes de ellos, ser agradecidos, cuidarlos, ayudarlos en todo lo que necesiten, etc. Pues con Dios mucho más. Ser un buen hijo de Dios no consiste en no matar y no robar. Consiste en amarlo con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el ser. Y eso sólo será real si Él es lo primero que tengo en mi mente al levantarme cada día y a quien dedico mi último pensamiento cada noche. Amar a Dios así supone desear continuamente agradarle en todo, buscar momentos para estar a solas con Él contándole todas mis cosas, mis alegrías y preocupaciones, mis dificultades y mis esfuerzos, mi relación con los demás, especialmente con los más próximos.

 

Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

1. Pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;

2. Querer salirte siempre con la tuya;

3. Disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala manera;

4. Dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;

5. Despreciar el punto de vista de los demás;

6. No mirar todos tus dones y cualidades como prestados;

7. no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees;

8. Citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;

9. Hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;

10. Excusarte cuando se te reprende;

11. Encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;

12. Oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;

13. Dolerte de que otros sean más estimados que tú;

14. Negarte a desempeñar oficios inferiores;

15. Buscar o desear singularizarte;

16. Insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional…;

17. Avergonzarte porque careces de ciertos bienes…

Surco, 263

Ser humildes para ser santos

Santa Teresita LA SANTIDAD meme

Para algunos el hecho de querer ser santos sería señal de falta de humildad, de orgullo. ¿Cómo voy yo a ser santo? Pero esta actitud, que parece expresión de humildad, en realidad sí que esconde orgullo y falta de humildad. La razón es que quien hace esa afirmación piensa que ser santo es cuestión de fuerzas humanas, de algo que se consigue con el propio esfuerzo. Y así, estos piensan que hacen cosas buenas y meritorias por ellos mismos aunque no lleguen a ser santos. No se dan cuenta de que la verdad es que uno mismo es absolutamente incapaz de lograr algo en el orden sobrenatural con las propias fuerzas. Ninguna criatura es más humilde que la Santísima Virgen. Ella se sabe llena de gracia, pero no se atribuía a sí misma nada, sino que reconoce que todo lo que hay de excelso en Ella es puro don de Dios. Es el Señor el que ha hecho en Ella obras grandes.

Por desgracia muchos cristianos se creen con muchos méritos y con razones para que el Señor esté contento con ellos, como el fariseo del Evangelio que se enorgullecía de no ser como los demás hombres, adúlteros, ladrones, etc., sino que ayunaba dos veces por semana y pagaba el diezmo de todo lo que poseía. Pensaba que todo eso era algo que él hacía y que Dios debía de reconocérselo, tratarle bien y recompensarle por ello. Es esta misma actitud la de muchos que se consideran que “cumplen” con Dios porque rezan de vez en cuando, porque tienen alguna imagen de Cristo o la Virgen en casa o simplemente porque procuran comportarse más o menos con honradez. El creerse bueno, el pensar que uno merece que Dios “premie” su bondad y el ser una persona honrada, esconde una actitud de orgullo y soberbia. La verdad es que si no hemos caído en un abismo de maldad y de corrupción es porque Dios nos ha ayudado con su gracia y su misericordia y no por méritos nuestros. Lo poco bueno que pueda haber en nosotros en realidad es obra de Dios. Lo nuestro es lo malo, nuestros pecados, nuestros egoísmos, nuestra comodidad y nuestras faltas de gratitud.

Solamente aman en plenitud los santos

PAPA SAN JUAN PABLO II Y BEATA TERESA DE CALCUTA

Son muchos los textos de la Sagrada Escritura en la que se llama  todos a la santidad. Ya en el Antiguo Testamento el Señor dice a su pueblo: “Sed santos porque Yo soy santo” (Lev 11, 44); y San Pablo repite en diversos lugares con insistencia: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santidad” (1 Tim 4, 3); “Sed perfectos” (2 Cor 13, 11); “Dios nos ha elegido antes de la creación del mundo para que seamos santos” (Ef 1, 4.). Y San Pedro: “Como aquel que os ha llamado es santo, sed santos” (1 Pe 1, 15). El Concilio Vaticano II ha confirmado solemnemente la llamada universal a la santidad. Todos los fieles están llamados a ser santos. Sin embargo, aún se trata de una verdad que no ha terminado de calar en muchos que siguen pensando que la santidad es cosa de unos pocos privilegiados, de unos pocos elegidos, pero de la mayoría Dios se contenta con que sean más o menos buenos, con que sean buenas personas y no maten y roben. No se dan cuenta de que debemos ser santos porque Dios nos está dando todos los medios necesarios para alcanzar la santidad y que si no lo somos es sencillamente por que no queremos. Y no querer ser santo, conformarse con la mediocridad cuando Cristo ha derramado su Sangre para purificarnos y estar resplandecientes, es un fracaso. El bautizado que no es santo en la tierra es un fracasado. No se puede entrar al Cielo si no es en un estado de santidad. La misericordia de Dios se manifiesta en el Purgatorio. Quienes no se han dejado purificar aquí en la tierra por la gracia de Dios, podrán ser purificados en el Purgatorio para alcanzar todo el resplandor de la gracia que nos permita ver a Dios cara a cara.

El Cielo existe. Ha sido hecho para ti

El Cielo es real

Si el fin de nuestra existencia es la vida eterna, la felicidad sin fin de estar con Dios, gozando con Él de su alegría infinita y perfecta, lo primero que tendremos que plantearnos quienes queremos ser cristianos, vivir la vida cristiana, es precisamente si es esto lo que buscamos y procuramos por encima de todo, con todo empeño y por encima de cualquier otra cosa. Porque si no es así, entonces, no seremos de verdad cristianos. Si alcanzar la vida eterna y el amor de Dios no es el fin principal y fundamental de nuestra vida y al que todo lo demás está subordinado, entonces no nos hemos enterado aún de qué es ser cristiano.

Es muy fácil que haya quien confunda ser cristiano con ser simplemente una buena persona, una persona que procure hacer el bien y evitar hacer el mal. Pero eso, siendo algo estupendo no es ser cristiano. Es muy fácil que algunos cristianos confundan la vida cristiana añadiendo a lo anterior realizar algunas oraciones o algunas prácticas religiosas. Tampoco esos se han enterado bien de qué es ser cristiano. Hay incluso cristianos que piensan que al final, Dios es tan bueno y misericordioso que perdonará a todos cualquiera que sea el mal que hayan hecho en este mundo y que todos iremos al Cielo. Desde luego ese pensamiento tranquiliza mucho, pero no es eso lo que Jesucristo ha enseñado ni lo que dice en el Evangelio.

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