Pedir a Dios con un corazón humilde

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Para que nuestra oración sea verdadera, esto es, que esté dirigida a Dios, debe ser una oración hecha con humildad. Dios da su gracia a los humildes y rechaza a los soberbios. Si la oración es humilde, presentará sus súplicas sabiendo que no merece nada por sí mismo, sabiendo que delante de Dios, no es más que polvo y ceniza. Si la oración es verdadera, quien ora entenderá que el mismo hecho de poder orar ya es en sí mismo una gracia enorme que ha recibido sin mérito alguno de su parte. ¿Quién soy yo para poder hablar ante el Todopoderoso? Si en una época remota a un esclavo se le permitiera presentarse delante del Rey y pudiera dirigirle la palabra, ya tendría que darse muy favorecido por el simple hecho de poder, no sólo presentarse delante del Rey sino de poder incluso hablarle y hacerle alguna súplica. Cuánto más cuando ese Rey no es un opresor injusto sino que nos ha amado hasta el extremo de entregar a su Hijo Unigénito para salvarnos a nosotros, para hacernos libres, para romper las cadenas que nosotros mismos nos habíamos ceñido por nuestros delitos y maldades. ¿Cómo podremos cuestionar o protestar las decisones del Todopoderoso, del Ser Infinito, de la Eterna Sabiduría, de la Bondad Absoluta, de la Luz de la Verdad, del Amor Misericordioso? ¿Acaso nosotros sabemos más? ¿Entendemos mejor? ¿Conocemos lo que nos conviene? Enfadarse con Dios porque no se comporta como nosotros esperamos es muestra de una soberbia tan grande como ridícula.

El fuego del amor

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Necesitamos tener más fe. Por eso hemos de pedirla. Necesitamos estar encendidos en el amor a Dios, por eso hemos de clamar: ¡Ven, Espíritu Santo, y enciende en mi corazón el fuego de tu amor! Es cuestión de pedirlo una y otra vez, con perseverancia, constantemente. Y no serán nuestros sentimientos los que nos muevan. Será el Espíritu Santo el que, a pesar de que nuestros sentimientos no nos muevan, nos impulsará y nos llevará a Jesús. Es el Espíritu Santo el que hará que de nuestro interior brote la oración. Una oración en la que la mayoría de las veces no experimentaremos gozo, paz, serenidad, calma, sosiego… Lo normal es que cuando oramos no sintamos gusto por la oración. Puede que en los comienzos, el Señor, regale a algunos cierto gusto, sentirse bien, o los sentimientos de los que hemos hablado. Pero antes o después, el Señor, que es un Dios celoso, nos los quitará. Porque Él quiere que le busquemos y que estemos con Él, por puro amor a Él, no porque nosotros nos encontramos a gusto. Por eso no hay que ir a la oración pretendiendo sentir consuelos o placer alguno. Si es que Dios lo concede, le daremos gracias, pero si no nos los concede, no dejaremos de acudir a estar con Él. La santidad no consiste en fenómenos místicos, en extasis o visiones. Dios las ha concedido a veces a algunos santos porque les ha querido confortar de alguna forma de los sufrimientos y amarguras que debían de pasar al obedecer su santa voluntad. Pero no son santos por haber tenido tales fenómenos sobrenaturales. 

La oración es luz del alma

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La oración es luz del alma. El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Dios: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

LOS MOMENTOS DEDICADOS ÚNICAMENTE A LA ORACIÓN

Hemos visto cómo la oración debe ser continua en medio de todas nuestras ocupaciones. ¿Cómo lograrlo? La única forma de conseguirlo es dedicando algunos momentos sólo y únicamente a hablar con Dios, a dirigir a Él nuestros afectos, a elevar a Él nuestros sentimientos, lo más íntimo de nuestra alma. Sin unos momentos en los que estemos a solas con Dios, no será posible que luego, en medio de todo cuanto hacemos, podamos mantener esa mirada interior del alma a Dios. Quien ama de verdad, desea ardientemente estar con aquel a quien ama. Y por eso busca momentos en los que poder estar y dedicar toda su atención a la persona amada. Es verdad que aquí, en la tierra, caminamos guiados por la fe, es decir, no tenemos a Jesús a la vista, de modo que el deseo de estar con Él no procede de lo que captan nuestros sentidos, pues los sentidos no son impresionados por Él. No vemos a Jesús, no contemplamos su rostro, sus facciones, su figura. No oímos con nuestros oídos sus palabras. Nuestros sentidos no son los que nos mueven a estar con Jesús. Lo que debe de movernos es la fe. Necesitamos pedir al Señor, como lo hacían los apóstoles: ¡Señor, aumentanos la fe! Porque si tuvieramos fe como un granito de mostaza, nos dice Jeús, podríamos mover montañas. 

Sabernos en la presencia de Dios

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Si hemos comprendido bien que la vida cristiana es precisamente eso: una vida, una vida nueva, una vida sobrenatural, una vida divina por la que somos hijos de Dios, entonces comprenderemos también que la unión con Dios nuestro Padre se lleva a cabo por y en la oración. La oración viene a ser así como el latir del corazón de la vida sobrenatural; como la respiración de la vida divina. Si el corazón deja de latir, o dejamos de respirar morimos. De igual modo, si el cristiano deja de orar su vida divina muere. De este modo entendemos que Jesús nos enseñe que hemos de orar siempre sin interrupción y que también San Pablo nos lo recuerde con insistencia. Permanecemos unidos a Dios con una oración continua cuando no cesamos de amar a Dios, cuando no dejamos que nuestro corazón deje de latir por Él, cuando lo tenemos presente en todo lo que hacemos. Lógicamente, si confundimos la oración con la recitación de fórmulas o la meditación, está claro que así no puede ser una oración continua, pero ya hemos aclarado que no debemos confundir los medios para orar con la esencia de la oración que es esa mirada interior del alma dirigida a Dios por amor. Es por tanto el amor a Dios, el que puede mantener nuestra mirada interior puesta en Dios. Por poner un ejemplo: se trata de vivir con Dios como lo hacemos con la persona a la que más amamos o como viven los enamorados. Una madre no deja de amar a su hijo en ningún momento y aunque esté atareada con muchas cosas el corazón y el pensamiento está constantemente en su hijo. Igual sucede con los enamorados. Pero esto sólo lo pueden hacer porque han dedicado muchos momentos a estar juntos poniendo toda la atención en la persona amada. No podrían estar pensando siempre en quien aman cuando están realizando diversas tareas que exigen su concentració si no han tenido un tiempo exclusivo en el que estaban pendientes el uno de otro sin otras ocupaciones.

Dice Jean DAujat: “si vivimos en todo momento bajo el impulso del amor de Dios, haciéndolo todo por amor a Él, cada una de nuestras ocupaciones, sea trabajo o reposo, esfuerzo o descanso, es una oración y nos une más a Dios. Poco importa la ocupación del momento presente con tal que sea la que Dios quiere de nosotros y se cumpla por amor a Él”.

Dejarnos abrazar por Dios

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La oración es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

Tampoco la meditación se identifica con la oración. Considerar en nuestra mente una serie de imágenes o ideas, pensamientos, sentimientos o afectos que conciernen a Dios y a nuestra relación con Él, también es un medio, pero no la oración en sí. Podemos orar meditando. Es decir, podemos servirnos de la meditación para hacer oración. Y debemos usar con frecuencia este medio, como también debemos usar el medio de la recitación de ciertas oraciones. Pero debemos darnos cuenta de que son eso: medios para orar. La oración es dirigir la mirada interior del alma a Dios. Y ¿en qué consiste eso? ¿Cómo se dirige la mirada interior del alma a Dios? Dirigir la mirada interior del alma a Dios consiste en un acto permanente que implica la fe, la confianza y el almor a Dios desde lo más profundo de nuestro ser, de nuestro corazón. Se trata por eso de un estado del alma por el que nos sumergimos en Dios; dejamos que Dios sea el que nos envuelve y nos rodea. Nos abandonamos y nos dejamos abrazar por Dios, descansamos en su regazo como un niño en brazos de su madre. 

Orar es hacer caso a Jesús que nos ha dicho: “Venid a mí los que estais cansados y agobiados y encontraréis vuestro descanso”. Orar es estar con el alma puesta en el Señor. Es reclinar nuestra cabeza en el pecho del Señor y escuchar los latidos de su Corazón, como hizo San Juan en la Última Cena. ¡Cuántas veces hizo esto la Virgen María, al igual que San José! Por eso, María y José son los mejores maestros de oración. Ellos son quienes mejor pueden enseñarnos a orar, de quien mejor podemos aprender. Nuestra unión con María y José nos permitirá ser almas de oración, almas contemplativas. Hay una oración a María en la que se le pide que nos guarde “en el cruce de sus brazos” es decir, como el niño está protegido en el regazo de su madre. También la letra de una canción mariana dice: “Quiero Madre en tus brazos queridos, como niño pequeño dormir, y escuchar los ardientes latidos de tu pecho de Madre nacidos que laten por mí”. Bueno, pues esto es y en esto consiste la oración.

La oración es una mirada interior a Dios

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¿Cómo mantener una vigilancia continua? Parece algo imposible. Sin embargo, Jesús nos da la clave porque a la indiciación de estar vigilantes añade “orad”: “velad y orad”, nos dice. De modo que es con la oración y por medio de la oración como conseguimos estar vigilantes en todo momento. Sin la oración no sería posible una vigilancia constante. Pero con la oración la vigilancia no sólo es posible sino que hasta resulta fácil. Por eso la oración es la llave y el alma de la vigilancia. La oración sostiene e inspira la vigilancia. Tenemos que ver detenidamente en qué consiste la oración.

La oración es la mirada interior del alma dirigida a Dios por la fe y por el amor. Muchos tienen una idea muy equivocada de lo que es la oración confundiéndola con los medios que la favorecen. No es lo mismo orar que recitar en voz alta o interiormente unas fórmulas, unas determinadas oraciones como puede ser el Padrenuestro o el Avemaría. Las fórmulas o las oraciones fijas son un medio para la oración. Entre estas fórmulas, que son innumerables, destacan por supuesto la fórmula que nos enseñó el mismo Jesús y el Avemaría. Pero no debemos confundir las fórmulas u oraciones fijas con la oración en sí. En muchas ocasiones la repetición consciente, piadosa y contemplativa de estas oraciones nos serán de mucha ayuda para la oración, pero ellas mismas no son la oración sino un medio para la oración. La oración, como hemos señalado, consiste en dirigir hacia Dios la mirada interior del alma.

Cristo no sufrió para que seas simplemente una buena persona

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Quien piense que todo esto lo ha pasado el Hijo de Dios, sencillamente para que seamos buenas personas, además de ser un necio, le está haciendo al Señor una cruel burla y un gran desprecio. Con razón podría preguntarnos Jesús a cada uno: ¿En tan poco estimas y valoras mi sangre que piensas que la he derramado tan solo para que seas bueno? Mi sangre ha sido derramada para que seas santo. Por el valor de mi sangre, la persona más canalla y perdida, la persona más malvada y depravada, el asesino más repugnante o el deshecho humano más podrido, si quiere y acepta mi misericordia puede ser santo. Mi sangre no quiere solo limpiar un poco la suciedad asquerosa del pecado y la injusticia humana dejando al pecador con una apariencia más o menos aceptable. Pensar así, es un insulto a mi sacrificio, a mi pasión por ti. Mi sangre quiere limpiar y purificar al pecador hasta dejarlo resplandeciente, luminoso, con el brillo cegador de la gracia, con la belleza divina del poder de mi sangre. Y eso es la santidad que yo quiero de vosotros. Por eso dije: sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto. Yo te he llamado para eso, para que seas santo, no para que seas buena persona. Te he llamado para que estés tan unido a mí que quien te vea y te trate pueda descubrirme a mí. Te he dado mi gracia y he encendido con mi sangre en tu vida la luz divina que quiero que lleves al mundo para transformarlo. ¿Cómo puedes pensar que esa luz es algo privado, algo que vives particularmente y nada más? ¿Cómo puedes pensar que esa luz la puedes dejar debajo de la cama y no ponerla en el candelero como les dije a mis discípulos? Pero ¿de verdad te llamas discípulo mío? Te atreves a decir que crees en mí y que me sigues pero que solo aspiras a ser más o menos bueno, a no hacer el mal? ¿Crees que puedes ser mi discípulo y no tener en tu interior el deseo de amarme con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser? ¿Crees que me puedes amar así cuando te conformas con ser más o menos bueno, cuando renuncias a ser santo, cuando te conformas con la mediocridad o piensas que puedes amarme demasiado? ¿Eres de los que dicen que hay que ser cristiano pero sin pasarse? ¿Es que acaso alguien se pude pasar en amar a Dios? Los que piensan o actuan así son tibios. Y a los tibios ya les he dicho lo que producen en mí. Está recogido en el libro del Apocalipsis: “Ojalá fueras frío o caliente. Más porque no eres ni frío ni caliente, porque eres tibio, estoy por vomitarte de mi boca”.