Sabernos en la presencia de Dios

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Si hemos comprendido bien que la vida cristiana es precisamente eso: una vida, una vida nueva, una vida sobrenatural, una vida divina por la que somos hijos de Dios, entonces comprenderemos también que la unión con Dios nuestro Padre se lleva a cabo por y en la oración. La oración viene a ser así como el latir del corazón de la vida sobrenatural; como la respiración de la vida divina. Si el corazón deja de latir, o dejamos de respirar morimos. De igual modo, si el cristiano deja de orar su vida divina muere. De este modo entendemos que Jesús nos enseñe que hemos de orar siempre sin interrupción y que también San Pablo nos lo recuerde con insistencia. Permanecemos unidos a Dios con una oración continua cuando no cesamos de amar a Dios, cuando no dejamos que nuestro corazón deje de latir por Él, cuando lo tenemos presente en todo lo que hacemos. Lógicamente, si confundimos la oración con la recitación de fórmulas o la meditación, está claro que así no puede ser una oración continua, pero ya hemos aclarado que no debemos confundir los medios para orar con la esencia de la oración que es esa mirada interior del alma dirigida a Dios por amor. Es por tanto el amor a Dios, el que puede mantener nuestra mirada interior puesta en Dios. Por poner un ejemplo: se trata de vivir con Dios como lo hacemos con la persona a la que más amamos o como viven los enamorados. Una madre no deja de amar a su hijo en ningún momento y aunque esté atareada con muchas cosas el corazón y el pensamiento está constantemente en su hijo. Igual sucede con los enamorados. Pero esto sólo lo pueden hacer porque han dedicado muchos momentos a estar juntos poniendo toda la atención en la persona amada. No podrían estar pensando siempre en quien aman cuando están realizando diversas tareas que exigen su concentració si no han tenido un tiempo exclusivo en el que estaban pendientes el uno de otro sin otras ocupaciones.

Dice Jean DAujat: “si vivimos en todo momento bajo el impulso del amor de Dios, haciéndolo todo por amor a Él, cada una de nuestras ocupaciones, sea trabajo o reposo, esfuerzo o descanso, es una oración y nos une más a Dios. Poco importa la ocupación del momento presente con tal que sea la que Dios quiere de nosotros y se cumpla por amor a Él”.

Dejarnos abrazar por Dios

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La oración es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

Tampoco la meditación se identifica con la oración. Considerar en nuestra mente una serie de imágenes o ideas, pensamientos, sentimientos o afectos que conciernen a Dios y a nuestra relación con Él, también es un medio, pero no la oración en sí. Podemos orar meditando. Es decir, podemos servirnos de la meditación para hacer oración. Y debemos usar con frecuencia este medio, como también debemos usar el medio de la recitación de ciertas oraciones. Pero debemos darnos cuenta de que son eso: medios para orar. La oración es dirigir la mirada interior del alma a Dios. Y ¿en qué consiste eso? ¿Cómo se dirige la mirada interior del alma a Dios? Dirigir la mirada interior del alma a Dios consiste en un acto permanente que implica la fe, la confianza y el almor a Dios desde lo más profundo de nuestro ser, de nuestro corazón. Se trata por eso de un estado del alma por el que nos sumergimos en Dios; dejamos que Dios sea el que nos envuelve y nos rodea. Nos abandonamos y nos dejamos abrazar por Dios, descansamos en su regazo como un niño en brazos de su madre. 

Orar es hacer caso a Jesús que nos ha dicho: “Venid a mí los que estais cansados y agobiados y encontraréis vuestro descanso”. Orar es estar con el alma puesta en el Señor. Es reclinar nuestra cabeza en el pecho del Señor y escuchar los latidos de su Corazón, como hizo San Juan en la Última Cena. ¡Cuántas veces hizo esto la Virgen María, al igual que San José! Por eso, María y José son los mejores maestros de oración. Ellos son quienes mejor pueden enseñarnos a orar, de quien mejor podemos aprender. Nuestra unión con María y José nos permitirá ser almas de oración, almas contemplativas. Hay una oración a María en la que se le pide que nos guarde “en el cruce de sus brazos” es decir, como el niño está protegido en el regazo de su madre. También la letra de una canción mariana dice: “Quiero Madre en tus brazos queridos, como niño pequeño dormir, y escuchar los ardientes latidos de tu pecho de Madre nacidos que laten por mí”. Bueno, pues esto es y en esto consiste la oración.

Cristo no sufrió para que seas simplemente una buena persona

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Quien piense que todo esto lo ha pasado el Hijo de Dios, sencillamente para que seamos buenas personas, además de ser un necio, le está haciendo al Señor una cruel burla y un gran desprecio. Con razón podría preguntarnos Jesús a cada uno: ¿En tan poco estimas y valoras mi sangre que piensas que la he derramado tan solo para que seas bueno? Mi sangre ha sido derramada para que seas santo. Por el valor de mi sangre, la persona más canalla y perdida, la persona más malvada y depravada, el asesino más repugnante o el deshecho humano más podrido, si quiere y acepta mi misericordia puede ser santo. Mi sangre no quiere solo limpiar un poco la suciedad asquerosa del pecado y la injusticia humana dejando al pecador con una apariencia más o menos aceptable. Pensar así, es un insulto a mi sacrificio, a mi pasión por ti. Mi sangre quiere limpiar y purificar al pecador hasta dejarlo resplandeciente, luminoso, con el brillo cegador de la gracia, con la belleza divina del poder de mi sangre. Y eso es la santidad que yo quiero de vosotros. Por eso dije: sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto. Yo te he llamado para eso, para que seas santo, no para que seas buena persona. Te he llamado para que estés tan unido a mí que quien te vea y te trate pueda descubrirme a mí. Te he dado mi gracia y he encendido con mi sangre en tu vida la luz divina que quiero que lleves al mundo para transformarlo. ¿Cómo puedes pensar que esa luz es algo privado, algo que vives particularmente y nada más? ¿Cómo puedes pensar que esa luz la puedes dejar debajo de la cama y no ponerla en el candelero como les dije a mis discípulos? Pero ¿de verdad te llamas discípulo mío? Te atreves a decir que crees en mí y que me sigues pero que solo aspiras a ser más o menos bueno, a no hacer el mal? ¿Crees que puedes ser mi discípulo y no tener en tu interior el deseo de amarme con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser? ¿Crees que me puedes amar así cuando te conformas con ser más o menos bueno, cuando renuncias a ser santo, cuando te conformas con la mediocridad o piensas que puedes amarme demasiado? ¿Eres de los que dicen que hay que ser cristiano pero sin pasarse? ¿Es que acaso alguien se pude pasar en amar a Dios? Los que piensan o actuan así son tibios. Y a los tibios ya les he dicho lo que producen en mí. Está recogido en el libro del Apocalipsis: “Ojalá fueras frío o caliente. Más porque no eres ni frío ni caliente, porque eres tibio, estoy por vomitarte de mi boca”.

Cristo se entregó a la muerte por mí

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Cristo ha sufrido las burlas, los golpes, los escupitajos, las bofetadas, los insultos, las calumnias, por ti. Cristo ha sufrido la acusación injusta; han dicho de Él que era un borracho y un comilón, ha sido tratado como un malhechor, acusado de blasfemo, de contrario a la Ley de Moisés, de incitar a la rebelión contra el Cesar. Ha sido llevado preso a la autoridad romana pidiendo que sea crucificado. Ha sido brutalmente azotado con saña y odio. Le han clavado en la cabeza una corona de espinas. Han gritado como posesos que sea crucificado. Han presionado a la autoridad que sabe que es inocente hasta el punto de lograr la injusticia de condenarlo a la muerte. Han cargado sobre sus hombros una pesada cruz que apenas puede llevar y que le hace caer continuamente. Lo han desnudado, se han repartido sus vestidos y han clavado sus manos y sus pies al madero. Y ya elevado sobre la cruz, aún han seguido insultándolo y burlándose de Él. La sangre, el polvo, el sudor, la piel desgarrada y amoratada, lo ha deformado de tal manera que apenas dejan reconocer en aquella imagen de dolor y sufrimiento a Jesús. Tres largas horas de increíbles y terribles dolores. Tres largas horas de sufrimiento y agonía. Y una vez muerto, la sangre que aún quedaba en el corazón de Cristo salió tras la lanzada con la que el soldado romano traspasó su costado. Jesús ha dado toda su sangre por ti, hasta la última gota. Jesús no se ha ahorrado ningún dolor ni sufrimiento por ti, por mí, por cada uno. Porque la muerte y la pasión de Cristo no ha sido una entrega “en general” sino una entrega “particular”. Cristo nos tenía a cada uno presentes en toda su pasión. Por eso San Pablo puede escribir a los Gálatas: “Me amó, y se entregó a la muerte por mí”. Todos, cada uno de nosotros podemos decir en verdad lo mismo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.

No podemos amar a Dios demasiado

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Si quiero de verdad amar a Dios, lo tendré continuamente presente a lo largo del día; le daré gracias continuamente, le pediré perdón por mis faltas, intentaré desagraviarle por mis pecados haciendo y ofreciéndole algunos sacrificios, algo que me cueste. A esto último se le llama hacer penitencia. Y por supuesto, procuraré visitarle a diario y hacer el esfuerzo por recibirle en la eucaristía procurando y poniendo el máximo empeño para asistir a diario a la Santa Misa. Estaré pendiente de agradarlo en todo y hacer lo que Él me enseña y para ello leeré todos los días el Santo Evangelio y honraré a su Madre María rezando con atención, piedad y devoción el Santo Rosario, pues la misma Virgen lo ha pedido así en muchas ocasiones y la Iglesia lo ha recomendado continuamente. No será verdad que amo a Dios si no procuro amarlo más y más cada día; si no pongo empeño en que todos mis acciones diarias, todo lo que hago sin excepción alguna en cada momento, sea por amor a Dios. Quien piense que esto es exagerado, es que no ha comprendido aún lo que es ser cristiano y no conoce aún a Dios. Si el mismo Dios, el Amor Infinito me ha amado hasta el extremo, hasta entregar a su Hijo Único por amor a mí a la muerte en la Cruz, ¿cómo puedo yo pensar que podría amarlo yo de modo exagerado? Pensar que uno se puede “pasar” en amar a Dios es, además de ridículo e imposible, hacerle un agravio al mismo Dios. Recordemos, como ya  hemos dicho anteriormente, que la única medida del amor a Dios, es amarlo sin medida. 

Solamente aman en plenitud los santos

PAPA SAN JUAN PABLO II Y BEATA TERESA DE CALCUTA

Son muchos los textos de la Sagrada Escritura en la que se llama  todos a la santidad. Ya en el Antiguo Testamento el Señor dice a su pueblo: “Sed santos porque Yo soy santo” (Lev 11, 44); y San Pablo repite en diversos lugares con insistencia: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santidad” (1 Tim 4, 3); “Sed perfectos” (2 Cor 13, 11); “Dios nos ha elegido antes de la creación del mundo para que seamos santos” (Ef 1, 4.). Y San Pedro: “Como aquel que os ha llamado es santo, sed santos” (1 Pe 1, 15). El Concilio Vaticano II ha confirmado solemnemente la llamada universal a la santidad. Todos los fieles están llamados a ser santos. Sin embargo, aún se trata de una verdad que no ha terminado de calar en muchos que siguen pensando que la santidad es cosa de unos pocos privilegiados, de unos pocos elegidos, pero de la mayoría Dios se contenta con que sean más o menos buenos, con que sean buenas personas y no maten y roben. No se dan cuenta de que debemos ser santos porque Dios nos está dando todos los medios necesarios para alcanzar la santidad y que si no lo somos es sencillamente por que no queremos. Y no querer ser santo, conformarse con la mediocridad cuando Cristo ha derramado su Sangre para purificarnos y estar resplandecientes, es un fracaso. El bautizado que no es santo en la tierra es un fracasado. No se puede entrar al Cielo si no es en un estado de santidad. La misericordia de Dios se manifiesta en el Purgatorio. Quienes no se han dejado purificar aquí en la tierra por la gracia de Dios, podrán ser purificados en el Purgatorio para alcanzar todo el resplandor de la gracia que nos permita ver a Dios cara a cara.

Tenemos que amar más y más

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Nadie que desea amar verdaderamente a Dios puede estar satisfecho con el grado e intensidad con el que le ama en el presente. Siempre deberá procurar crecer en ese amor. El verdadero cristiano desea amar cada vez más, con más intensidad y mejor a Dios. Y eso es lo que Dios nos pide a todos. A todos sin excepción. A Dios no le agrada quien se conforma con quererle más o menos, con quien se siente satisfecho pensando que ya ama suficientemente a Dios. A Dios nunca se le ama suficientemente. Pensar eso es además de ridículo de una soberbia y de una presunción repugnante. Y ya sabemos que Dios rechaza a los soberbios. Quien ama de verdad desea amar más y alcanzar el grado mayor posible de amor a Dios. En cambio quien no ama de verdad se conforma con un amor limitado, calculado. Se entiende así la idea tan equivocada de tantos cristianos que piensan que sí, que hay que vivir la vida cristiana pero sin pasarse, sin excesos. Confunden la vida cristiana con hacer cosas, prácticas de devoción, etc.

La plenitud del amor a Dios, el amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas, con todo el ser, es algo que Dios quiere para todos los hombres y mujeres. Todos, cualquiera que sea su condición, su ambiente, sus cualidades personales, circunstancias de vida… para todos ha dicho Jesús: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. La perfección, la plenitud del amor no es algo que Jesús sólo para los que quieran, como una propuesta que se puede o no aceptar.